Viernes, 9 de octubre de 2026
Alejandro Díaz

Alejandro Díaz

Comunicador Social y Especialista en Gerencia estratégica de mercadeo.

agosto 31, 2026, 9:34 pm

Los buenos colombianos

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Hace ya algunos días, la tierra se movió en el Pacífico colombiano y, con ella, algo más profundo que los escombros salió a la superficie: la certeza de que, incluso en un país acostumbrado a pelear por todo, hay un instinto que no negociamos, el de ayudar al que quedó sin nada.

El país tuvo que se moverse de nuevo y no fue por un discurso, tampoco por una campaña publicitaria y mucho menos por las protestas sociales que, en ocasiones, levantan algunas ampollas que incomodan. Fue un temblor.

Mientras en las zonas afectadas se contaban los daños y se buscaba a los desaparecidos, en el resto del país empezó a moverse otra cosa, menos visible pero igual de fuerte: la solidaridad.

Alguien donó comida. Otro consiguió agua potable. Una emisora local abrió sus micrófonos para coordinar ayudas. Un grupo de jóvenes armó una colecta desde el celular, sin más herramienta que un número de cuenta y las ganas de servir. Nadie pidió permiso para ayudar. Simplemente lo hicieron.

Y es que nos hemos acostumbrado a hablar de Colombia desde sus heridas, y no es sin razón: violencia, corrupción, desigualdad, polarización son parte de nuestra historia reciente y de nuestra conversación diaria.

También nos hemos acostumbrado a desconfiar del que piensa distinto. A separarnos entre los de aquí y los de allá, entre quienes votan por uno y quienes votan por el otro.

A veces da la impresión de que este país nació condenado a la discusión permanente.

Pero entonces llega una tragedia. Y por un momento, algo se reordena.

Nadie preguntó por quién había votado la persona que necesitaba una cobija. Nadie pidió el carné de afiliación política antes de pasar una caja de mercado. Se vio a alguien que necesitaba ayuda. Y se le dio.

Esa reacción, tan simple en apariencia, es en realidad una de las cosas más honestas que tiene este país. Porque no necesita cámaras ni discursos: se manifiesta en un plato de comida compartido, en una cobija prestada, en una moneda donada, en una casa que abre su puerta a un desconocido.

Y la ayuda tampoco se quedó solo entre personas. Hubo manos también para los animales que quedaron heridos o separados de sus familias, porque muchos entendieron que una vida sigue siendo una vida, tenga dos piernas o cuatro patas.

Y aquí debemos recordar lo que de verdad construye un país

Un país no se sostiene solo con carreteras, edificios o leyes. Se sostiene con vínculos. Con la certeza de que, cuando la vida golpea, alguien va a aparecer.

Ese alguien estuvo en el campesino que compartió lo poco que tenía. En la enfermera que se quedó un turno más. En el conductor que llevó una ayuda sin cobrar un peso. En el joven que organizó una colecta desde su teléfono. En quien no tenía nada material para dar, pero ofreció lo que sí tenía: tiempo, compañía, esperanza y amor por su país.

Hablar de “los buenos colombianos” no es decir que todos somos buenos todo el tiempo. Eso sería ingenuo, y probablemente falso. Es reconocer que dentro de nosotros hay una capacidad enorme de hacer el bien, y que cuando decidimos usarla, somos capaces de borrar, aunque sea por un rato, las fronteras que nosotros mismos levantamos a diario.

Es hora de ver el verdadero desafío

Porque el problema es que necesitamos una tragedia para descubrirlo. Ojalá pudiéramos quedarnos con algo de esa Colombia que aparece cuando otro la necesita. La que no pregunta primero quién eres, sino qué te hace falta. La que no mira de qué lado estás, sino qué tan grave es lo que estás viviendo.

Porque nadie está completamente a salvo de necesitar, algún día, la mano de otro. Hoy fue el Pacífico, mañana puede ser nuestra cuadra, nuestro barrio, nuestra propia casa.

Y cuando llegue ese momento, no vamos a necesitar que nos recuerden en qué no estamos de acuerdo. Vamos a necesitar que nos recuerden que somos colombianos. Que todavía sabemos cuidarnos. Que el dolor ajeno todavía nos duele como propio.

Ayudar en medio de una tragedia es un acto de humanidad. Seguir ayudando cuando ya se apagaron las cámaras, cuando la noticia dejó de ser noticia y el país volvió a mirar para otro lado, eso ya es un acto de país.