Sábado, 10 de octubre de 2026
Santiago Pérez Púlido

Santiago Pérez Púlido

Abogado especializado en normativa electoral, corrupción y contratación estatal

junio 10, 2026, 11:47 am

Dos orillas, ningún puente: una lectura técnica de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo de 2026

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Por Santiago Pérez Pulido, Bogotá D.C

A modo de reflexión. Quienes creemos en la técnica imparcial no podemos permitirnos quedar a la expectativa en momentos como el que atraviesa el país. Frente a la coyuntura, el análisis riguroso deja de ser un ejercicio académico y se convierte en una forma de defensa cívica: la única manera de no contaminarnos con el discurso de odio, las noticias falsas, la transacción de principios y todas aquellas actitudes que atentan contra el sistema ético y democrático. Estas líneas se escriben desde esa convicción y con una sola disciplina: reconocer que la coyuntura actual pone a la República en una posición de extrema responsabilidad.

La fotografía del 31 de mayo

Con el cien por ciento de las mesas informadas en el preconteo, la Registraduría Nacional del Estado Civil ubicó al candidato del movimiento Defensores de la Patria, Abelardo de la Espriella, como el más votado de la primera vuelta, con 10.361.499 sufragios (43,74 % de los votos válidos). En segundo lugar quedó el aspirante del Pacto Histórico, Iván Cepeda, con 9.688.361 votos (40,90 %). La diferencia entre ambos fue de 673.138 votos, equivalentes a 2,84 puntos porcentuales. Ninguno alcanzó la mayoría absoluta que exige la Carta Constitucional, de modo que la decisión se trasladó a la segunda vuelta, convocada para el 21 de junio.

Gráfica 1. Resultados nacionales por candidato (% de votos válidos). Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil.

Tres datos adicionales completan la fotografía. Primero, la participación llegó al 57,88 %, la más alta registrada en una primera vuelta presidencial desde que el balotaje se introdujo con la Constitución de 1991, por encima del nivel cercano al 55 % de 2022. Segundo, el voto en blanco sumó 406.970 papeletas (1,71 %), una cifra modesta que confirma que el electorado no buscó refugiarse en el disenso formal, sino que tomó partido. Y tercero, las tres candidaturas situadas entre el centro y la centro-derecha —Paloma Valencia (6,92 %), Sergio Fajardo (4,26 %) y Claudia López (0,95 %)— reaparecieron como un espacio cuantificable, a diferencia de 2022, cuando ese caudal fue absorbido por una sola candidatura de protesta.

Dos extremos y un centro licuado

La lectura de fondo es la que más debería ocuparnos. La coyuntura empujó al electorado a decantarse por dos visiones de país construidas sobre la antítesis recíproca: una derecha de nuevo cuño, de tono más radical y de marcado acento identitario, y la izquierda gobernante, que mide en las urnas el respaldo a su proyecto. No es una observación moral sobre los candidatos, sino una constatación sobre la estructura del campo político: el país se reorganizó alrededor de dos polos que se definen, sobre todo, por aquello a lo que se oponen.

En esa reconfiguración, el centro quedó licuado. No por falta de votos —reunió cerca de 2,87 millones—, sino porque no logró traducir ese caudal en una candidatura competitiva. La paradoja es aritméticamente nítida: el espacio de centro reunió un volumen de votos que cuadruplica el margen que hoy separa a los dos punteros.

Gráfica 2. El bloque de centro frente al margen entre los dos punteros. Suma simple de votos; no implica trasvase automático. Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil.

establecido “no son endosables”. Esos sufragios pertenecen a ciudadanos, no a los candidatos, y su comportamiento en segunda vuelta dependerá de adhesiones, abstención y reacomodos. Tras conocerse el resultado, Paloma Valencia anunció su respaldo a De la Espriella, mientras dirigentes como Roy Barreras se inclinaron por Cepeda. Pero el centro, como cuerpo electoral, no obedece a caudillos: por eso su voto es, a la vez, el más decisivo y el más difícil de ubicar. A juicio de quien escribe, la jornada confirmó además un desplazamiento del eje: lo racional fue desbordado por lo emocional, y un discurso técnicamente sólido pero frío resultó menos persuasivo que las pasiones que movilizaron las campañas ganadoras.

Geografía y aritmética de la división

El mapa reprodujo una fractura territorial conocida. De la Espriella se impuso en el voto del exterior y en trece departamentos, entre ellos varios de los más poblados; Cepeda ganó en diecinueve departamentos y en Bogotá. La capital, sin embargo, encierra una señal que merece atención: aunque Cepeda fue allí el más votado, su desempeño urbano contrasta con su fuerza en la periferia caribeña, pacífica y amazónica.

TerritorioCepeda (Pacto Histórico)De la Espriella (Def. de la Patria)
Total nacional40,90 %43,74 % (ganador)
Bogotá, D.C.41,67 % (ganador)37,69 %
Cali51,40 % (ganador)≈ 36 %
Cauca (departamento)68 % (ganador)19 %

Tabla 1. Contraste territorial seleccionado. Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil (preconteo), vía El Tiempo e Infobae (1-jun-2026).

Sobre esta base, ofrezco una hipótesis interpretativa —y la presento como tal—: el mapa de 2026 parece recuperar las líneas de quiebre del plebiscito de 2016 y de la elección de 2022, como si el país llevara una década dividiéndose por las mismas coordenadas geográficas. Es una lectura plausible que invito a contrastar con los datos desagregados de cada  duelo en las urnas; no es un hecho establecido por una fuente externa, sino una conjetura del autor que la evidencia disponible no contradice.

Otro tanto vale para la aritmética de la segunda vuelta. Es legítimo modelar escenarios, pero deben rotularse como ejercicios y no como pronósticos. Si el bloque de Valencia migrara mayoritariamente hacia De la Espriella —coherente con su anuncio— y el voto de Fajardo se repartiera, la ventaja del puntero se ampliaría con holgura; para revertir el resultado, el Pacto necesitaría capturar una porción muy alta del voto de centro y, simultáneamente, movilizar abstencionistas poco probables. Son condiciones exigentes, no imposibles. El punto técnico es que el desenlace no está escrito y que cualquier cifra concreta sobre ese reparto es, hoy, una suposición.

La recomposición del centro: contra los egos, por el país

Si algo dejó la jornada es que el centro debe recomponerse o resignarse a ser espectador. Y recomponerse no significa repetir la fórmula que acaba de fracasar. Significa, en primer lugar, subordinar los egos individuales a un propósito común: la fragmentación de 2026 fue, en buena medida, una suma de proyectos personales que se canibalizaron en lugar de articularse. Tres, cuatro y hasta más liderazgos disputándose el mismo electorado garantizan que ninguno llegue al umbral decisivo.

En segundo lugar, exige cambiar la forma de hacer política. El centro ha confiado en que la sensatez se defiende sola, y la elección demostró que no. Un proyecto moderado no tiene por qué ser tibio ni inerte: puede ser riguroso y, al mismo tiempo, capaz de conmover, de nombrar las angustias reales de la gente y de ofrecer certezas sin caer en el simplismo de quienes prometen soluciones sin explicar cómo. La reconfiguración del centro es, ante todo, un desafío de método y de generosidad: anteponer el país a la vanidad. No es una tarea sencilla, pero es la única compatible con la moderación que dice profesar.

La institucionalidad y los derechos como bienes no negociables

Hay, por último, una línea que ningún resultado autoriza a cruzar. La jornada transcurrió en paz y el escrutinio ha venido confirmando el preconteo, según constataron la Misión de Observación Electoral y la misión de la Unión Europea. Las descalificaciones genéricas sobre un supuesto fraude, formuladas sin pruebas, fueron desvirtuadas por los órganos de control; el Ministerio Público recordó que no hay reclamaciones que resolver, y voces de la propia tradición liberal llamaron a la prudencia. Defender la institucionalidad electoral no es tomar partido: es la condición de posibilidad de que el partido exista. Quien gane deberá ser reconocido, y quien pierda deberá reconocer; esa reciprocidad es el núcleo del pacto democrático.

Y junto a la institucionalidad, los derechos. Conviene recordar —en una contienda que se libra entre extremos— que buena parte de las garantías que hoy damos por sentadas no fueron concesiones graciosas, sino conquistas obtenidas con sangre, lágrimas y largos desarrollos jurídicos: la Constitución de 1991, el bloque de constitucionalidad y décadas de jurisprudencia de la Corte Constitucional que ha amparado a víctimas, minorías y poblaciones históricamente excluidas. Esos avances no pertenecen a un gobierno ni a una orilla ideológica; son patrimonio de todos. El compromiso del jurista, gane quien gane, es que ningún proyecto político los convierta en moneda de cambio. La alternancia es legítima; el retroceso en derechos fundamentales, no.

El 31 de mayo no cerró una historia: abrió una disyuntiva. El país escogió, por ahora, polarizarse, y dejó en suspenso si el centro aprende la lección y si las instituciones resisten la tentación de ser deslegitimadas por conveniencia. A quienes creemos en la técnica  nos corresponde lo de siempre, pero con más urgencia: mirar los datos de frente, decir la verdad que las fuentes sostienen, y recordar que la democracia no se defiende con pasión de bando, sino con rigor, con instituciones y con prerrogativas (derechos) que no se negocian.