Por: Nicolas A. Rojas Pardo
Decimos que el país está polarizado, que estamos divididos. Pero lo cierto es que esa ha sido la triste constante en Colombia desde que nacimos como república. ¿Cuándo no lo hemos estado? Y cómo no vamos a estar divididos si no nos tomamos el tiempo de entender al otro; no para estar de acuerdo, sino para comprender cómo piensa y por qué piensa así.
En esta lógica se enmarca esta primera de dos columnas. He de reconocer que voté por Iván Cepeda, le hice campaña a él y al presidente saliente Gustavo Petro. Aunque puedo tener desacuerdos con sus estrategias y acciones, volvería a apoyarlos y a votar por las ideas que representan. Sin embargo, como colombiano, es vital entender por qué casi la mitad del país piensa tan diferente y qué los motiva, tratando de salir del estigma con el que se suele hablar tradicionalmente en la política.
Para realizar este análisis, hay que entender que, en la práctica, existen dos Colombias, pero que ninguna de ellas alcanza por sí sola el 50% de la población políticamente activa. Uno de los resultados más impactantes de las pasadas elecciones es que ninguno de los candidatos logró la mayoría absoluta; ambos sectores representan aproximadamente el 40% del electorado, tal y como lo mostraron los resultados de la primera vuelta.
Entonces, la gran pregunta es: ¿por qué el 49.66% de la población eligió a Abelardo? Para responder, hay que partir de la premisa de que este grupo no es un monolito; tiene intereses y visiones propias que no necesariamente están alineados.
El voto flotante y la demanda de seguridad El primer grupo es una población políticamente flotante, que no está intrínsecamente alineada con una corriente ideológica: los pequeños comerciantes y pequeños empresarios urbanos. Esto se evidencia fácilmente en el mapa electoral de Bogotá, donde el Pacto Histórico retrocedió entre 2022 y 2026 en localidades como Puente Aranda, Kennedy o Barrios Unidos. Esta población se moviliza por su realidad inmediata. Mientras en 2022 el problema era una economía estancada que los asfixiaba, en 2026 su realidad está marcada por sufrir el “gota a gota”, las extorsiones y el hurto.
Esto puso a la seguridad en el foco central. Aquí, Abelardo, con su discurso de mano dura, logró dar una respuesta política a ese problema, algo que Iván Cepeda no pudo hacer. En parte, esto ocurre porque la izquierda está atrapada en un discurso de paz que engloba todas las violencias, lo que les impide separar el problema de la seguridad urbana del conflicto armado. Curiosamente, si la izquierda quiere volver a tener futuro, debe entender que la política de paz es una cosa y la política de seguridad (en especial en las ciudades) es otra: buscar la paz no garantiza más seguridad urbana, y más seguridad urbana no garantiza tener paz.
El bloque antipetrista Luego está el llamado bloque antipetrista. Dentro de este sector hay que hacer una división en tres: 1) los que rechazan a Petro como persona, por su forma de ser y expresarse; 2) la derecha política tradicional; y 3) la ultraderecha.
Los últimos dos son sectores que ni la izquierda ni el centro podrán conquistar jamás, pues son antagónicos a ellos mismos. No obstante, aunque compartan su rechazo a la izquierda, internamente son posturas muy distintas. En la ultraderecha encontramos a los nietos ideológicos del expresidente Laureano Gómez —un abierto falangista que pasó a la historia por ser el “Monstruo” de la última guerra civil colombiana, la mal llamada “Violencia”—, así como a sectores vinculados con el paramilitarismo y movimientos de ultraderecha como el Centro Democrático. Por otro lado, están los sectores de la derecha tradicional, la política de toda la vida, con figuras como Mauricio Gómez Amín del Partido Liberal, Efraín Cepeda del Partido Conservador, u otros nombres conocidos como Rodrigo Lara. Es la derecha tradicional reexpresada y rencauchada en partidos como la U o Cambio Radical, la mayoría de ellos unidos más por el ministerialismo del gobierno que por un vínculo político real.
El rechazo a las formas y el voto conservador Pero el primer sector, el que muestra rechazo a Petro como persona, no tiene líderes visibles, aunque sí representa una visión clara del país: la Colombia más católica, tradicional y conservadora, que no está vinculada directamente a una maquinaria política. Este grupo genera su rechazo a partir de lo que, para muchos de ellos, es el “libertinaje” del progresismo. Son como nuestras tías: señoras mayores profundamente católicas que podrían estar de acuerdo con una Reforma Laboral o Agraria, pero que se escandalizan cuando el presidente habla de penes y vaginas en televisión.
Su rechazo surge de los escándalos de la vida personal del mandatario. No le perdonan que salga con frases célebres como “a mí un negro no me va a decir si puedo o no nombrar a un actor porno”. Este grupo de colombianos rechaza a un candidato, en esencia, por no ser creyente en el Dios cristiano y por sus maneras.
Para este sector el problema es de formas, no de contenido. En palabras de la izquierda buscan un “socialismo conservador”, aunque suene raro no lo es porque fue bajo esta figura que el expresidente el General Rojas Pinilla impulso su política de bienestar social amplia y garantizada por el Estado, pero basada en la fe católica y las buenas costumbres. Si les suena raro, no se preocupen; lo es porque ese fue el germen de la ANAPO. Aquí radica el voto castigo por las formas, impulsado por cómo el progresismo desde el gobierno y la campaña se dedicó a hablarnos solo a los convencidos, ignorando al resto del país. Curiosamente, este sector es relativamente fácil de conquistar —como lo demostró Petro hace 4 años—, pero implica cambiar la forma y las palabras con las que se dicen las cosas, mas no necesariamente el contenido.
El fenómeno del “outsider” Por último, esta elección sigue una tendencia que inició Rodolfo Hernández: los colombianos, sean de derecha o de izquierda, no quieren la vieja política y buscan un cambio que se plasma en los discursos anticorrupción, los nunca o los nadie. Por eso prefieren a los outsiders. Hace cuatro años fueron Petro y Rodolfo (un outsider de centro), y ahora fueron Iván Cepeda y Abelardo (un outsider de extrema derecha). Falta ver cuánto tiempo podrán fingir ser “los nadie” mientras gobiernan con los de siempre, porque dudo que el motor de asco hacia la política tradicional —que inauguró Rodolfo y aprovechó Abelardo— se acabe en este cuatrienio.