Por Jota Nicolás Vergara
Bogotá, junio de 2026
Durante años nos asustaron con el coco de volvernos como Venezuela.
Lo repitieron en campañas, cadenas de WhatsApp, almuerzos familiares, en los taxis, en iglesias y hasta en la asamblea de copropietarios. La amenaza era siempre la misma: si alguien proponía educación pública, “Venezuela”; si hablaba de regular abusos del sistema financiero, “Venezuela”; si pedía tratar los recursos naturales con algo más de dignidad, también “Venezuela”.
Pues bien: finalmente nos volvimos como Venezuela.
Solo que no como nos lo habían vendido.
No llegó el fantasma con boina, ni con discursos de socialismo del siglo XXI, ni con cadenas eternas de televisión pública. Llegó con reloj fino, saludo marcial de utilería, bendición de Donald Trump y una promesa bastante conocida en América Latina: entregar soberanía a cambio de una foto, un aplauso en inglés y la fantasía de que recibir instrucciones desde las playas de Palm Beach se llama política exterior.
Ese es el chiste. Un chiste malo, pero chiste al fin.
Porque mientras algunos siguen buscando el castrochavismo debajo de la cama, el verdadero parecido con Venezuela puede estar en otra parte: en la facilidad con la que una élite política convierte los recursos nacionales en moneda de cambio, se arrodilla ante una potencia extranjera y luego llama a eso “defensa de la libertad”.
Venezuela tiene a Delcy Rodríguez explicando que los acuerdos con Chevron son por el bien del pueblo venezolano. Colombia podría tener a Abelardo de la Espriella explicando que abrirle la puerta a las bases americanas, al fracking, al petróleo sin pudor y a una política exterior dictada desde Washington es por el bien del pueblo colombiano.
Allá lo llaman soberanía energética. Acá lo llamarían seguridad hemisférica.
Allá dicen que el petróleo se entrega para salvar la economía. Acá dirán que se entrega para recuperar la confianza inversionista y “rescatar” a Ecopetrol.
Allá gritan contra el imperio mientras le abren la puerta a Chevron. Acá gritarán independencia mientras esperan que Trump les diga por dónde caminar.
La diferencia, en el fondo, es estética.
Porque el problema no es hablar con Estados Unidos. Colombia debe tener relaciones serias, estratégicas e inteligentes con todos los países, incluyendo Estados Unidos. El problema es confundir diplomacia con servidumbre. Una cosa es cooperar. Otra muy distinta es actuar como si Colombia necesitara tutor.
Y aquí empieza la gran contradicción: quienes se llenan la boca hablando de autoridad, orden y orgullo nacional son los primeros en ofrecer el país como plataforma de intereses ajenos. Los que gritan independencia terminan celebrando la dependencia. Los que prometen grandeza parecen felices con que Colombia sea tratada como un puesto de avanzada.
Nos dijeron que Venezuela era el peligro porque su gobierno entregó el país a intereses extranjeros mientras fingía defender la revolución. Pero ahora algunos quieren que aplaudamos exactamente la misma lógica, solo que con otro uniforme ideológico: entregar el país, pero con himno solemne; vender los recursos, pero con corbata; obedecer a una potencia, pero diciendo que eso es libertad.
Y entonces uno se pregunta: ¿qué era lo que realmente les molestaba de Venezuela?
¿La falta de soberanía o que la falta de soberanía no estuviera administrada por los amigos correctos?
Porque si el problema era entregar petróleo, gas, territorio, decisiones militares y política exterior a intereses extranjeros, entonces deberíamos estar preocupados. Muy preocupados. Pero si el problema era que esa entrega la hiciera un gobierno que no les gustaba, entonces no estaban defendiendo la soberanía: estaban defendiendo un bando.
La nueva derecha latinoamericana tiene una habilidad especial para vender obediencia como valentía. Te dice que va a defender el país mientras ofrece pedazos del país. Te dice que va a recuperar el orden mientras concentra poder. Te dice que va a acabar con la corrupción mientras gobierna con los mismos de siempre. Te dice que va a liberar la economía mientras la amarra a los intereses de otro gobierno.
Y, por supuesto, todo se presenta como una épica. Nunca como negocio. Nunca como subordinación. Nunca como entrega.
Siempre habrá una palabra más elegante: alianza, cooperación, inversión, seguridad, estabilidad, confianza, modernización.
Pero detrás de tanta palabra bonita puede esconderse una pregunta sencilla: ¿quién manda?
¿Manda Colombia o manda Trump?
¿Manda el interés nacional o manda el entusiasmo de caerle bien a la Casa Blanca?
¿Mandan las comunidades que viven en los territorios o mandan las petroleras?
¿Manda la Constitución del 91 o manda el capricho autoritario de turno?
Esa es la discusión que viene. No si Colombia se volvió Venezuela en la caricatura que inventaron para asustar incautos. La pregunta real es si Colombia va a repetir la tragedia latinoamericana de siempre: gobiernos que hablan duro hacia adentro y se arrodillan hacia afuera.
Porque volverse como Venezuela no es solo tener crisis económica, migración o instituciones rotas. También es normalizar que el poder se disfrace de soberanía mientras negocia el país en voz baja. Es creer que los recursos naturales son propiedad del gobernante de turno. Es convertir la política exterior en una demostración de lealtad personal. Es confundir gobierno con espectáculo. Es cambiar dignidad por acceso.
Así que sí: finalmente nos volvimos como Venezuela.
No por culpa de quienes nos advirtieron que el país debía ser más justo.
Nos volvimos como Venezuela cuando empezamos a creer que entregar soberanía está mal solo si la entrega el otro. Cuando dejamos de discutir el interés nacional y empezamos a celebrar caudillos con dueño. Cuando aceptamos que un presidente puede llegar al poder más preocupado por complacer a Trump que por escuchar a Colombia.
La ironía es perfecta: tanto miedo a parecernos a Caracas, para terminar soñando con ser el patio trasero de Washington.
Y eso, aunque lo digan en inglés, también se llama dependencia.