Abelardo de la Espriella ganó la elección. Eso ya no está en discusión. Lo que está por verse es si también sabe gobernar.
Porque una cosa es ganar una campaña con frases duras, símbolos fáciles, enemigos a la medida y aplausos de tribuna. Otra muy distinta es sentarse en la Presidencia de la República y entender que Colombia no se gobierna como se maneja una tarima, ni como se graba un video, ni como se lanza una consigna para redes sociales.
Gobernar es construir mayorías. Es escuchar incluso a quienes no votaron por uno. Es entender que el Estado no es un trofeo de guerra. Es saber que la autoridad no se demuestra humillando al contradictor, sino tomando decisiones serias en medio de un país fracturado.
Y ese es, precisamente, el primer examen del nuevo gobierno: pasar del espectáculo al Estado.
Ese paso no se mide en aplausos, sino en capacidad institucional. Se mide en si el ministro del Interior logra construir mayorías sin convertir el Congreso en una oficina de trámite; en si el ministro de Hacienda puede explicar de dónde saldrá la plata para cumplir las promesas sin vender humo fiscal; en si el ministro de Defensa entiende que la seguridad del 2026 no puede ser una copia nostálgica del 2002; y en si el presidente electo es capaz de sentarse con instituciones que le incomodan, como la JEP, antes de tratarlas como enemigas.
Ahí está el punto: gobernar no es solamente mandar. Gobernar es poder responder por las consecuencias de lo que se promete.
Hasta ahora, el estilo parece claro. Todo tiene que tener gesto, escenografía, símbolo, ruptura, mensaje. La posesión no es solo una posesión: es una demostración de poder. El gabinete no es solo un equipo de gobierno: es una declaración ideológica. La relación con el Congreso no puede convertirse en una operación para disciplinar mayorías. Y la relación con quienes piensan distinto no debería arrancar desde la sospecha, sino desde la responsabilidad democrática.
Eso puede servir para ganar elecciones. Pero no necesariamente sirve para gobernar.
Colombia no es un país sencillo. Nunca lo ha sido. Aquí no basta con tener carácter, porque carácter sin criterio se vuelve terquedad. No basta con hablar duro, porque hablar duro no baja la inflación, no mejora la seguridad, no arregla la salud, no resuelve el hambre ni construye confianza institucional. No basta con decir “voy a poner orden”, porque el orden en democracia no se impone a punta de gritos: se construye con legitimidad.
La gobernabilidad de Abelardo no va a depender únicamente de cuántos congresistas se le arrimen después del triunfo. Va a depender de algo mucho más difícil: si logra entender que gobernar no es someter al Congreso, sino tramitar diferencias; no es aplastar a la oposición, sino responderle con argumentos; no es gobernar para los convencidos, sino para un país entero que votó dividido casi por la mitad.
Ahí está el punto que algunos quieren pasar por alto: Abelardo no llega a gobernar un país rendido a sus pies. Llega a gobernar un país partido, desconfiado, cansado y profundamente polarizado. Un país donde millones votaron por él, sí, pero millones también votaron en contra de lo que representa.
Eso exige grandeza. No soberbia.
Un presidente con verdadero liderazgo entiende que el día después de ganar debe hablarle también al que perdió. Entiende que la Presidencia no es una cuenta personal de opinión. Entiende que no puede seguir actuando como candidato eterno. El país no necesita cuatro años más de campaña. Necesita gobierno.
Y gobernar implica bajar el tono cuando el momento lo exige. Implica convocar. Implica sentarse con sectores que incomodan. Implica hablar con las cortes, con las víctimas, con los empresarios, con los trabajadores, con los alcaldes, con los gobernadores, con las regiones y también con quienes no creen en él.
El liderazgo no se prueba frente a los que aplauden. Se prueba frente a los que ponen límites.
Por eso preocupa tanto esa fascinación por la política como acto de fuerza. Esa idea de que el buen gobernante es el que no duda, no escucha, no negocia y no se detiene. Eso no es liderazgo. Eso es ansiedad de poder.
El autoritarismo no siempre llega tumbando puertas. A veces llega con una sonrisa, con un discurso de orden, con la promesa de eficiencia y con la idea de que todo obstáculo institucional es una molestia que hay que quitar del camino.
El problema es que las instituciones no son estorbos. Son límites. Y en democracia los límites no existen para impedir gobernar, sino para impedir abusar.
Un líder de verdad no necesita demostrar todos los días que manda. Un líder de verdad construye confianza para que no todo dependa de su grito. Un líder de verdad no convierte cada desacuerdo en una batalla moral entre patriotas y enemigos de la patria.
Colombia ya conoce ese libreto. Nos ha costado demasiado.
También preocupa que el nuevo gobierno quiera vender como renovación lo que puede terminar siendo una versión reciclada de la política tradicional. Porque detrás del discurso de ruptura aparecen, como siempre, los partidos de siempre, los cálculos de siempre, las cuotas de siempre y los acuerdos de siempre. Nada más viejo en Colombia que llegar prometiendo acabar con la politiquería para después necesitarla en cada votación.
Y ahí Abelardo tendrá una decisión que marcará su gobierno: puede construir gobernabilidad con acuerdos transparentes o puede terminar preso de los mismos pactos que dice combatir.
Porque una cosa es conseguir votos en el Congreso. Otra cosa es gobernar con legitimidad.
La gobernabilidad no se mide solo por cuántas reformas pasan. Se mide por cómo pasan, para quién pasan y a qué costo pasan. Se mide por si el gobierno escucha o atropella. Por si corrige o se encierra. Por si gobierna con instituciones o contra ellas. Por si entiende que el poder prestado por las urnas no es una licencia para hacer lo que se le dé la gana.
Ese será el verdadero debate de los próximos meses.
No si Abelardo habla duro. Eso ya lo sabemos.
No si tiene seguidores fieles. También lo sabemos.
No si sabe provocar. De eso no hay duda.
La pregunta es otra: ¿sabe liderar un país que no le pertenece?
Porque Colombia no es propiedad del presidente de turno. Ni de su partido. Ni de sus aliados. Ni de sus financiadores. Ni de sus aplausos. Colombia es una democracia difícil, imperfecta, ruidosa, contradictoria, pero democracia al fin. Y quien llega a gobernarla debe entender que la Presidencia no es una corona, ni una revancha, ni un escenario para cobrar cuentas pendientes.
Es una responsabilidad.
Por eso, el primer deber de Abelardo no es rugir más duro. Es gobernar mejor.
Y gobernar mejor empieza por algo que parece simple, pero que en Colombia se ha vuelto revolucionario: respetar los límites, escuchar al país completo y entender que la autoridad sin sensatez no es liderazgo.
Es apenas ruido con banda presidencial.