Lunes, 12 de octubre de 2026
Jhon Fredy Rentería Chalá

Jhon Fredy Rentería Chalá

Analista en Seguridad Territorial y Ontopolítica

julio 17, 2026, 4:45 pm

De la insurgencia al “Estado Sombra”: La mutación ontológica de la gobernanza criminal en Colombia

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El nacimiento de un nuevo “Ser” territorial

La comprensión tradicional del conflicto armado en Colombia suele verse atrapada en un diagnóstico de “ausencia de Estado” o “anomia social”. Sin embargo, cuando se desciende a los tuétanos del territorio, el fogón y la tulpa revelan un panorama radicalmente opuesto. La guerra no destruye el orden; produce un tipo específico de orden. Bajo el marco conceptual desarrollado por Jhon Fredy Rentería Chala (2026) en su tesis de la guerra como partera ontológica, el conflicto no debe interpretarse como una anomalía transitoria, sino como el catalizador y creador estructural del ser, del territorio y de la gobernanza local. Lo que hoy experimenta la periferia del país no es el caos del vacío, sino el parto forzado y sistemático de un “Estado Sombra”: una soberanía criminal híbrida que coexiste, compite y a menudo se mimetiza con la institucionalidad legal.

Este fenómeno cobra sentido mediante un silogismo territorial implícito: si el monopolio de la violencia y la administración de la vida cotidiana definen ontológicamente al soberano, y los actores armados no estatales ejercen ese monopolio regulatorio ante el repliegue o la inacción del aparato central, entonces la emergencia de microestados de facto —el “Estado Sombra”— es la conclusión inevitable que redefine la existencia misma del ciudadano rural y urbano marginal en Colombia.

De la Insurgencia al “Estado Sombra”: ¿Qué es lo que está naciendo?

La insurgencia clásica del siglo XX, inspirada en doctrinas marxistas o nacionalistas, concebía la guerra como una herramienta teleológica para la toma del poder del Estado central. El ELN y las antiguas FARC-EP operaban bajo la lógica de construir bases de apoyo para marchar finalmente sobre las capitales. En la Colombia de hoy, ese paradigma ha muerto.

Lo que la guerra contemporánea está pariendo en las veredas dispersas del Cauca, el Catatumbo, el Chocó y el Bajo Cauca antioqueño es una gobernanza criminal de carácter local y biopolítico. Las estructuras armadas actuales —sean facciones del Clan del Golfo (Ejército Gaitanista), disidencias del Estado Mayor Central o frentes autónomos del ELN— ya no buscan derrocar al gobierno central; su objetivo principal es administrar la vida. Regulan el precio de la canasta básica familiar, imponen toques de queda a través de normativas distribuidas por WhatsApp, validan las firmas de contratos de compraventa de tierras y asumen el control de las Juntas de Acción Comunal (JAC) como si fuesen alcaldías locales de facto. El ciudadano no vive en una situación de “anarquía”, sino bajo un orden autoritario, predecible y alternativo que sustituye al juez de la República por el comandante de zona.

La Partera del “Estado Sombra”: El pragmatismo criminal y la omisión burocrática

¿Cuáles son las fuerzas que asisten y aceleran este alumbramiento? La partera de este “Estado Sombra” tiene dos rostros complementarios. Por un lado, se encuentra el pragmatismo biopolítico de las mafias corporativas de la guerra, las cuales han entendido que regular la convivencia cotidiana es mucho más barato, legítimo y seguro para proteger sus rutas de narcotráfico, minería ilegal de oro y tráfico de migrantes que el uso exclusivo del terror armado. Al resolver los pleitos domésticos y garantizar una “seguridad” aparente contra la delincuencia común, el actor armado se arraiga en la ontología del territorio; la población termina por naturalizar su presencia como una variable existencial inevitable.

Por otro lado, la partera es la inacción y ceguera de la burocracia estatal civil de Bogotá. El Estado formal acude a las periferias únicamente a través de la bota militar en operaciones de choque intermitentes que no solucionan las demandas básicas de justicia, titulación agraria o acceso al agua potable. Cuando el ejército se retira, el “Estado Sombra” reasume el control y formaliza el parto institucional paralelo. La guerra en Colombia, lejos de ser un fenómeno transitorio de barbarie, se consolida como la partera de una soberanía criminal híbrida y permanente que reescribe la geopolítica interna desde los tuétanos mismos del territorio.