Sábado, 10 de octubre de 2026
Ariel Ávila

Ariel Ávila

Senador de Colombia por el partido Alianza Verde

junio 23, 2026, 11:59 am

Democracia en tiempos de incertidumbre: una hoja de ruta para el progresismo

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Por: Ariel Ávila, Senador de Colombia

El pasado 21 de junio, Colombia vivió una jornada electoral que, sin duda, quedará marcada en nuestra historia reciente no solo por lo reñido del resultado, sino por lo que revela sobre nuestra madurez democrática y las tensiones profundas que aún nos atraviesan. Como político en ejercicio, estas horas han sido de análisis, de contrastar datos y de clarificar la ruta que viene para nuestro país. No es momento para improvisar; es momento de hablarle a la nación con la verdad y con la serenidad que exige la institucionalidad.

Lo primero que debemos poner sobre la mesa es la pedagogía sobre nuestras instituciones. Ante la tensión que genera un margen tan cerrado, es vital recordar que el preconteo es apenas un mecanismo informativo. La ley colombiana es clara: el escrutinio realizado por los jueces de la República es el proceso legítimo y vinculante. Si bien la diferencia de apenas 0.96% es un dato impresionante que confirma las proyecciones que veníamos analizando desde hace semanas —donde anticipábamos un margen inferior a los 300.000 votos—, debemos ser pacientes. La institucionalidad colombiana es fuerte y, en democracia, la confianza en el proceso es fundamental. Esperar el cierre oficial, por más que tome días o semanas, no es una anomalía, es el ejercicio de respeto por las reglas del juego que tanto nos ha costado construir.

Más allá de quién asuma la presidencia, lo que esta elección deja en evidencia es que el país está fracturado en dos modelos de sociedad diametralmente opuestos. El llamado a la unidad que escuchamos ayer desde la otra orilla no puede ocultar la realidad: estamos ante una derecha radical que ha mostrado sus cartas y que, al parecer, no tiene intención de moderar sus propuestas. De igual manera, desde la oposición —donde me ubico—, no veo una disposición a ceder por puestos o contratos. Ninguna de las dos cosas es viable hoy.

Quiero ser enfático: nuestra agenda de defensa de derechos es innegociable. La educación pública como motor de transformación social —la misma que me permitió, viniendo de un colegio estrato 1 en Bogotá, llegar a donde estoy— debe fortalecerse, no desmeritarse. La protección de los derechos laborales, frente a figuras como la desregulación o el pago por horas que solo perpetúan la pobreza, es un pilar que no vamos a abandonar. Tampoco podemos permitir que se hable de seguridad olvidando las lecciones de un pasado oscuro; Colombia no puede volver a las épocas donde la seguridad se construía a costa de la violación de los derechos humanos y falsos positivos. Seremos una oposición firme, vigilante y, sobre todo, propositiva.

La participación electoral del 63% es un mensaje potente. A esos casi 13 millones de ciudadanos que votamos por una sociedad democrática, incluyente y que reconoce las diferencias, les digo: aquí estamos y no nos vamos a esconder. Seguiremos trabajando por la democracia, defendiendo la premisa de que el Estado existe para superar las desigualdades estructurales, no para disfrazarlas tras un discurso vacío de meritocracia.

El bloque alternativo y progresista debe procesar este momento con altura y autocrítica. Las elecciones son juegos de repeticiones y la política es una carrera de resistencia, no de velocidad. El año próximo enfrentamos nuestro verdadero choque: las elecciones locales. Debemos sanar las heridas, analizar los errores cometidos —pues no podemos negar que parte de lo que vivimos hoy es consecuencia de fallas propias— y prepararnos para la siguiente batalla. El cambio con fortalezas sigue siendo la ruta necesaria para conectar con la ciudadanía.

A compañeros de lucha a quienes admiro profundamente, como Aída y como Iván Cepeda, les envío un abrazo fraterno. Hemos conquistado mucho en estos años y hemos comenzado, por fin, a ganar espacios de poder. Que nadie se asuste, que nadie se sienta triste. Un país agitado, siempre que se mantenga dentro de los cauces de la no violencia y la legalidad, es una democracia viva. Nos preparamos para las batallas que vienen, con la plena convicción de que el futuro, más pronto que tarde, nos dará la razón.