Ha transcurrido más de una semana desde una de las campañas presidenciales más polarizadas de los últimos años. La polarización no es un fenómeno nuevo en Colombia; por el contrario, ha marcado buena parte de los debates políticos recientes. Sin embargo, a pesar de las profundas diferencias ideológicas, el país había logrado preservar un consenso fundamental: el respeto por las reglas democráticas y por los resultados electorales.
Durante las últimas décadas, distintos sectores políticos han tenido la oportunidad de acceder al poder mediante las urnas. Esa alternancia ha demostrado que la democracia funciona precisamente porque permite que proyectos políticos diferentes gobiernen y sean evaluados por los ciudadanos. La fortaleza del sistema no radica en que siempre gane una determinada visión, sino en que todos acepten las reglas del juego cuando los resultados no les favorecen.
Por ello, resulta preocupante que después de las más recientes elecciones hayan surgido cuestionamientos infundados sobre la legitimidad del proceso electoral. Más allá de las inconformidades propias de cualquier contienda, la difusión de rumores y sospechas sin evidencia debilita la confianza ciudadana en las instituciones encargadas de garantizar la transparencia de las elecciones. Cuando la desinformación reemplaza a los hechos, el verdadero perjudicado es el sistema democrático.
La democracia exige una responsabilidad especial de quienes participan en la vida pública. Ganar implica gobernar con legitimidad, pero perder también implica reconocer la voluntad popular expresada en las urnas. Ningún proyecto político está por encima de las instituciones democráticas ni puede pretender validar los resultados únicamente cuando le son favorables. La estabilidad de una sociedad depende, en gran medida, de que exista confianza en los mecanismos que permiten resolver las diferencias de manera pacífica.
En tiempos de creciente polarización, defender la democracia implica algo más que ejercer el derecho al voto. Significa proteger las instituciones, promover el debate basado en hechos y rechazar los intentos de sembrar dudas infundadas sobre los procesos electorales. La democracia no se fortalece cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan diferente aceptan las mismas reglas y respetan el veredicto de los ciudadanos